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Intervención de Arsenio Escolar en el 25 aniversario de CLABE

7 | JULIO
2025

Buenas tardes.

Bienvenidas, bienvenidos a esta celebración, a este encuentro con el que conmemoramos los 25 años de CLABE, del Club Abierto de Editores.

Bienvenidos y bienvenidas todos los que estáis aquí y también los que por obligaciones sobrevenidas o por esta persistente ola de calor, de calor meteorológico y de calor y ardor político, no podéis acompañarnos hoy. Os echamos de menos, ya os lo dirán a los ausentes los aquí presentes.

Cuando a finales de 2024 planificamos en CLABE este 2025 conmemorativo de nuestro primer cuarto de siglo de existencia, podíamos imaginar que este acto central a las puertas del verano madrileño iba a pillarnos a casi 40 grados centígrados. Lo que no imaginábamos es que nos iba a pillar en la más calurosa, ardiente y quemante semana política del año, de la legislatura, del lustro, de la década y no sé si del siglo.

No podíamos imaginar que llegaríamos a este evento, a esta fiesta, y estarían los dos principales partidos de nuestro sistema político sumidos en sendos procesos efervescentes dentro y abrasadores entre sí fuera. Con el PSOE agitado en una crisis desatada por un escándalo de corrupción y pendiente de un febril Comité Federal, pasado mañana sábado, y con el PP en vísperas de un Congreso Extraordinario que empieza mañana y en el que quiere poner las vías definitivas de su camino al Palacio de la Moncloa. Y de todo el arco parlamentario, como es lógico, pendiente de los dos grandes partidos. Y del Gobierno, con la incertidumbre de en qué para todo esto.

Vamos a lo nuestro, vamos a lo que nos ha traído aquí hoy. Si, según dice el tango de Carlos Gardel, 20 años no es nada, convendremos en que 25 años es poco más de nada. Pero para ser poco más de nada, los 25 años de CLABE, del Club Abierto de Editores, nos han dado para mucho, os lo aseguro. Para frustraciones y para alegrías. Para frenazos y para avances. Para dificultades y para oportunidades…

“Grito ‘¡todo!’, y el eco dice ‘¡nada!’. / Grito ‘¡nada’, y el eco dice ‘¡todo!’”, proclama cargado de razón un soneto de José Hierro, que además de poeta era periodista.

Cuando se fundó CLABE, en enero del año 2000, el mundo, nuestro mundo, era muy distinto. Todavía había en muchas redacciones un fax, un cuarto oscuro para revelar las fotografías y un departamento de preimpresión; y veíamos ferros impresos de nuestras publicaciones; y algunos diarios impresos tenían tiradas millonarias; y el papel y la distribución estaban entre los principales costes de nuestras empresas; y aún no habíamos oído hablar de publicidad programática ni de impresión digital ni de redes sociales ni de influencers ni de inteligencia artificial generativa.

Cuando en el año 2000 se fundó CLABE -con otro nombre, AEEPP, siglas de Asociación Española de Editoriales de Publicaciones Periódicas-, Google era un bebé de poco más de un año de vida; no existía Facebook, que nació en 2004; ni YouTube, que es de 2005; ni Twitter, que es de 2006; ni Whatsapp, que es de 2009; ni Instagram, que es de 2010; ni Telegram, que es de 2013; ni Tik Tok, que es de 2016; ni Bluesky, que es de 2019…

En el Macondo más remoto de Gabriel García Márquez, “el mundo era tan reciente que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo”. En el mundo nada remoto del año 2000, cuando se fundó CLABE, muchas cosas que hoy son para nosotros fundamentales, vitales, imprescindibles, no tenían nombre porque ni siquiera existían.

Nosotros, los editores de prensa, tampoco éramos en el año 2000 lo que somos hoy. Los productos impresos eran los predominantes; los digitales eran apenas incipientes. Llevamos toda la vida adaptándonos. Desde el nacimiento de la imprenta, hace casi seis siglos: y especialmente en este último cuarto de siglo de cambios vertiginosos, todos ellos nacidos de la tecnología, de la revolución tecnológica que se acelera hasta dar vértigo con el surgimiento de internet.

La capacidad darwiniana de adaptación es uno de los genes de nuestro oficio, una de nuestras constantes señas de identidad. Digo darwiniana porque de Charles Darwin es aquella máxima que proclama que cuando un hábitat cambia profundamente no sobreviven ni las especies más grandes ni las más inteligentes; sólo sobreviven las especies que son capaces de adaptarse al nuevo hábitat.

Con la revolución tecnológica, pocos hábitats han cambiado tanto como el nuestro, el de los medios de comunicación. Y aquí estamos, aquí seguimos, adaptándonos y sobreviviendo.

Nuestro gen de adaptación continua está tan activo y tan activado que en nuestro reciente XIX Congreso, celebrado el pasado 28 de abril, quedaos con la fecha, nos atrevimos a pensar en 25 años más allá, y lo titulamos ‘El periodismo, hacia 2050’.

Se nos habían inscrito más de 400 personas. Eran las 12.33 del mediodía, apenas llevábamos tres horas de congreso, cuando se nos fue la luz. No sólo a nosotros, sino a toda España. Fue el día del gran apagón, el lunes 28 de abril pasado. Teníamos casi lleno de congresistas el auditorio súbitamente oscurecido. ¿Damos por concluido por fuerza mayor el gran cónclave de CLABE y nos retiramos? Ni hablar: pasamos a una sala cercana con grandes paredes de cristal que la iluminaban con luz natural y seguimos las sesiones de nuestro congreso.

Seguimos con los ponentes, a capella, viva voce: sin micrófonos, sin pantallas, sin proyectores, sin presentaciones proyectadas… Con los que escuchaban, apelotonados: unos sentados en variados modelos de sillas, otros de pie por falta de asientos suficientes. Concluimos las sesiones a la hora prevista, servimos al aire libre el cóctel cuando tocó y la tarde se nos fue en un networking mucho más interesante, variado y concurrido que el que teníamos programado. Nadie abandonaba nuestro congreso, no había un sitio mejor donde ir. Ni cómo ir, ni para qué. Habíamos creado, oí comentar en uno de los corrillos, un islote de humanidad en un mundo al que la tecnología había parado.

Esta y muchísimas otras anécdotas curiosas y categorías relevantes os encontraréis en el libro conmemorativo de los 25 años de CLABE que hoy os entregamos.

Hablamos en sus páginas de los diecinueve congresos que hemos celebrado y de las diecisiete ediciones de nuestros premios anuales.

De las jornadas contra la desinformación, el tercero y más reciente de nuestros eventos anuales.

Del papel de las mujeres en nuestra organización, tan importante y que tanto ha influido en nuestra trayectoria.

De las muchas historias personales que hay detrás de nuestro acrónimo.

De nuestros asociados, este colectivo heterogéneo, transversal, innovador, esforzado que es el verdadero protagonista de nuestra historia.

De nuestros proveedores, de nuestros clientes, de nuestros equipos internos.

De lo que hemos hecho y de lo que hemos intentado hacer. De todo lo que hemos aportado al conjunto de nuestro sector, de todo lo que hemos aprendido de otras organizaciones, instituciones y colectivos con los que hemos interactuado en este cuarto de siglo tan intenso.

Os encontraréis en este volumen hasta con un Diccionario clave, con uve, de CLABE, con b, que de algún modo resume nuestra visión y nuestra misión, nuestra sustancia, nuestra esencia.

Y hablamos del futuro, claro. Y con luces largas. De dónde estamos, de hacia dónde vamos, de cómo serán los próximos 25 años… De cuántos nuevos soportes, formatos, herramientas, tecnologías, redes, inventos, tendencias, fenómenos, servicios, marcas… volverán a cambiarnos profundamente el hábitat a los ciudadanos y a los editores de medios de comunicación y volverán a hiperactivar nuestro gen de adaptación continua.

Acabo ya y lo hago con mi agradecimiento y el de toda nuestra organización a las empresas y entidades que han hecho posible este evento y ese libro. A Banco Santander, nuestro patrocinador global; a Google, como patrocinador oro; a Cedro, como entidad colaboradora; a Telefónica y Endesa, como patrocinadores y a Moeve como colaboradora. ¡Gracias, de corazón!

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